lunes, 30 de agosto de 2010

En penumbra (Febrero de 2030)

"Dónde está
la luz
de mi vida, no,
no podré superar haber sido feliz"

"En la playa de los muertos", Francisco Nixon

Se ducha con la luz apagada, en penumbra, sólo la delicada claridad que atraviesa el pavés abate la oscuridad. Siquiera se mira en el espejo. Se intuye, pero no quiere batirse en duelo con la imagen que escupirá el resquebrajado vidrio. Hace ya tanto que no se mira a los ojos. ¿Se reconocería? Huye del dormitorio. No soportaría que la luz del día le recordara…

Son las 12:21. Un café sabor a naftalina, una mirada vacía y un grito ahogado. Sale a la calle. Camina deprisa y esquiva las miradas y los tímidos saludos de algunos (des)conocidos. Misántropo, eso es, ya cumplió con su anhelo. Sin embargo, nunca pensó que el sueño sería tan amargo. Sigue caminando. El frío sacude sus huesos. No está seguro, pero la calle huele a febrero, el viento sabe a febrero y no puede evitar recordar…

Sí, no hay duda, febrero ya está aquí. Los recuerdos le inundan y casi se le escapan las lágrimas. Hoy es el día….A toda prisa improvisa una lista de la compra: gambas, tostaditas, un poco de foie, una botella de Mateus Rose, fresones y chocolate negro para fundir. Regresa a casa. Se afeita (en penumbra) y fuma marihuana sin parar hasta que se duerme.

Despierta azorado, envuelto en sudor y con la boca seca. Bebe zumo de melocotón caducado pero que le sabe a ambrosía. Son las 18:18. ¿Ha dormido seis horas? Otra ducha rápida (en penumbra). No se pone colonia. Ella le dijo un día que le gustaba su olor corporal, su sudor -las feromonas, pensó él entonces-. Nada de colonia, pues. Sí, hoy es el día.

Se acerca al comedor y prepara la mesa como ella le enseñó: mantel lila, copas de vino y unas velas que huelen a vainilla. Asa las gambas (un poco de sal y un chorrito de aceite), prepara las tostadas y de fondo Dark Side Of The Moon de Pink Floyd. Ha vuelto a sudar. Otra ducha rápida (en penumbra).

Esta noche es especial, hoy hace 30 años de su primer beso. Se viste para la ocasión: pantalón de tela y una camiseta negra que ella le regaló en Formentera hace tantos veranos. Nunca ha sido guapo, pero esta noche quiere estar impecable. Regresa a la mesa, mientras tararea canciones de tiempos perdidos. Todo está preparado, a ella le gustará, seguro. Se sienta, sirve el vino y de repente la estancia palidece. Mira a su alrededor, y sólo ahora parece darse cuenta. Está solo. Intenta aferrarse torpemente a unos recuerdos que de viejos, ya se le han oxidado. Pero es inútil. La Dama fue cruel. Vino de visita hace tantos años.

P.D: la tristeza no es infinita, es eviterna.

lunes, 23 de agosto de 2010

El chico que come ganchitos

"Y me siento mejor, sí que tengo una estrellita, pequeñita, pero firme, FIRME" (Extremoduro)

En el metro viajan rutinas, sueños e ilusiones. También viajan sinsabores, miedos y frustraciones. Viaja la vida, en definitiva. Y esta tarde, en el Metro de Madrid, viajo entre ese mar de viajes y me dedico a observar, a disfrutar de la vida. En este caso de la vida de otros. Observo, analizo e invento mis propias historias sobre unos pasajeros a los que no conozco pero por los que de repente siento una devoción enfermiza. Ese chico está mirando a aquella chica con ojos enternecedores y quiere llamar su atención; aquella mujer está sumergida en un libro de Ken Follet mientras se retira, coqueta, el pelo de la cara y piensa que esta vez Pedro cumplirá su promesa de dejar la cocaína; y cómo no fijarse en aquel tipo con gorra que no deja de mordisquear una cadena que a buen seguro le regaló su madre. Voy saltando de una historia a otra, todas parecen tener un final feliz.

Y entonces me topo con él. No sabría decir su edad. Come ganchitos vorazmente pero con ternura. No creo que mida más de 1,65. Lleva un traje elegante pero sin corbata. Me fijo en sus ojos aplastados. Y de repente siento la necesidad de esquivar su mirada. No podría soportarlo. Hago acopio de valor y vuelvo a mirarle. Y me derrumbo una y mil veces. Ese chico que come ganchitos tiene Síndrome de Down. Yo, que hace unos minutos me sentía embriagado por un contrato que iba a reportar pingües beneficios para las partes contratantes. Yo, que hace unos minutos coqueteaba con la fama. Yo, que fantaseaba con los dividendos, me desmorono. Sólo soy un bobo, un jodido narcisista. Ahora que me he dado de bruces con el chico que come ganchitos noto que mi corazón se ha encendido, que quiere salir de mí. Rïela mi alma. Siento que me tiembla todo el cuerpo.

Me muero de ganas de abrazar al chico de los ganchitos. Quiero darle las gracias y gritar, sólo quiero gritar. Ese chico, con sus ganchitos, me ha rescatado. Me ha devuelto los sueños. Me ha dato tanto. Y él no lo sabe. El metro llega a su destino. El viaje de viajes ha terminado. No le he dicho nada al chico que come ganchitos.

P.D: Te debía una carta, que no sé si algún día leerás. Pero aquí la tienes. Las palabras, son más palabras cuando se escriben. Ah, y no se lo cuentes a nadie, querido amigo, pero tengo los ojos vidriosos. Será polvo que se ha colado por entre mis pestañas.