"Y me fabrico otro recuerdo perfecto"
(Mi última mujer, Sergio Algora, La Costa Brava)
Hacía 17 años que no le veía, pero apenas había cambiado. Seguía teniendo ese andar cadencioso, de flamenco andino en busca de un recóndito salar. Su rostro de golondrina ausente teñía de bondad el asfalto y su mirada de sarmiento, evocaba cosechas imposibles.
Por más que me esfuerzo, no recuerdo su nombre. ¿Emilio? ¿Eduardo? Dejésmolo en Emilio-Eduardo, como esos actores de culebrón. Aunque mi Emilio-Eduardo es de todo menos un protagonista. Por no ser, no sería ni actor secundario. En el colegio destacaba precisamente por no destacar en nada. Era insustancialmente necesario, como los silencios y las pausas que preceden a las rupturas.
Hacía 17 años que no le veía. Aún así, 17 años después, sigo enganchado a ese recuerdo que quizá he deformado y moldeado a mi gusto (para eso es un recuerdo mío, ¿no? Supongo que le habré amenazado: "Recuerdo de mierda, o te adaptas a mi ego o te fulmino con Control+ Del").
Ah, sí, el recuerdo. Eran las 8:30 de una mañana cualquiera. El patio del colegio era a esas horas un remanso de paz; un vacío atronador lo llenaba casi todo. Busqué el abrigo del sol, me senté en el banco y comencé a tomar notas (mentales). Allí estaba Gustavo, el macarra oficial del cole, gambeteando con un balón de fútbol. Gustavo ligaba cuando quería, insultaba y daba collejas a discreción y encima metía goles imposibles. Esa mañana Gustavo buscaba sparrings para jugar un clásico del fútbol-patio: el uno contra uno. Emilio-Eduardo era la víctima propiciatoria. El balón comenzó a rodar y Emilio-Eduardo se pegó a Gustavo, como una lapa. Gustavo al principio reía, confiado. Pero sin darse apenas darse cuenta, Emilio-Eduardo le robó el balón. El exorcismo se repitió una, dos, tres, cuatro veces… Gustavo se desesperaba y gritaba "Joder con la samambota esta, no me la quito de encima". Parecía que Gustavo iba a estallar..y sí, estalló, pero en una sonora risotada. Por un momento, el cosmos se había aliado con Samambota y el héroe oficial era él. Fueron sus segundos de gloria. Lo recuerdo con fruición. Y mientras, Gustavo, liberado de la pesada carga de ser el malo oficial, sonreía.
17 años después, Samambota.
miércoles, 30 de marzo de 2011
jueves, 24 de marzo de 2011
Con el paso cambiado
"Give. Remember always to give. That is the thing that will make you grow" (Elizabeth Taylor, 23 de julio de 2010 en Twitter)
La gata ha dejado de ronronear, pero en el tejado aún huele a seda, a desfile de huellas indelebles. La hojarasca acabará por arrumbarlo todo y los sueños serán sólo de barro, pero serán, al menos mientras mi cerebro no sea cercenado por alguna tara inconfesable. Ella era un agujero negro que de pronto refulgía. Ella era una calada que se aspira y que se mete en las tripas. Ella era una estrella, porque era La Luna.
Y sus ojos: un enigmático volcán, un crisol de sensaciones que coloreaba incluso las películas en blanco y negro.
La gata ha dejado de ronronear, pero en el tejado aún huele a seda, a desfile de huellas indelebles. La hojarasca acabará por arrumbarlo todo y los sueños serán sólo de barro, pero serán, al menos mientras mi cerebro no sea cercenado por alguna tara inconfesable. Ella era un agujero negro que de pronto refulgía. Ella era una calada que se aspira y que se mete en las tripas. Ella era una estrella, porque era La Luna.
Y sus ojos: un enigmático volcán, un crisol de sensaciones que coloreaba incluso las películas en blanco y negro.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)