"Se sueña una vez, se ama una vez, se muere siempre" (Baladros, Homenaje a la Tristeza)
Siempre me ha obsesionado encontrar finales perfectos. El último beso, el último vodka con limón, la última cereza del plato, el último tiro (a canasta), la última canción. Cuántas veces he lamentado no haberme retirado a tiempo. Y aunque a veces la derrota sabe mejor, no deja de saber a derrota. Dicen que con el tiempo uno aprende y madura. Dicen, dicen, dicen. Dicen tantas cosas. Que se callen.
Recuerdo los jueves de Xibeca, tortilla y sabiduría de barra de bar: "Ser feliz es una putada. Porque sólo puedes empeorar". Y claro, cantar por las calles a altas horas de la madrugada.
El problema es que por más vueltas que le doy, y por más libros que leo, siempre tropiezo con mis defectos, y me pongo a volar con frases manidas: "no voy a poder escapar nunca de mí".
Y llega el verano. Lucidez, si de algo iba sobrado era de lucidez.