"Y me siento mejor, sí que tengo una estrellita, pequeñita, pero firme, FIRME" (Extremoduro)
En el metro viajan rutinas, sueños e ilusiones. También viajan sinsabores, miedos y frustraciones. Viaja la vida, en definitiva. Y esta tarde, en el Metro de Madrid, viajo entre ese mar de viajes y me dedico a observar, a disfrutar de la vida. En este caso de la vida de otros. Observo, analizo e invento mis propias historias sobre unos pasajeros a los que no conozco pero por los que de repente siento una devoción enfermiza. Ese chico está mirando a aquella chica con ojos enternecedores y quiere llamar su atención; aquella mujer está sumergida en un libro de Ken Follet mientras se retira, coqueta, el pelo de la cara y piensa que esta vez Pedro cumplirá su promesa de dejar la cocaína; y cómo no fijarse en aquel tipo con gorra que no deja de mordisquear una cadena que a buen seguro le regaló su madre. Voy saltando de una historia a otra, todas parecen tener un final feliz.
Y entonces me topo con él. No sabría decir su edad. Come ganchitos vorazmente pero con ternura. No creo que mida más de 1,65. Lleva un traje elegante pero sin corbata. Me fijo en sus ojos aplastados. Y de repente siento la necesidad de esquivar su mirada. No podría soportarlo. Hago acopio de valor y vuelvo a mirarle. Y me derrumbo una y mil veces. Ese chico que come ganchitos tiene Síndrome de Down. Yo, que hace unos minutos me sentía embriagado por un contrato que iba a reportar pingües beneficios para las partes contratantes. Yo, que hace unos minutos coqueteaba con la fama. Yo, que fantaseaba con los dividendos, me desmorono. Sólo soy un bobo, un jodido narcisista. Ahora que me he dado de bruces con el chico que come ganchitos noto que mi corazón se ha encendido, que quiere salir de mí. Rïela mi alma. Siento que me tiembla todo el cuerpo.
Me muero de ganas de abrazar al chico de los ganchitos. Quiero darle las gracias y gritar, sólo quiero gritar. Ese chico, con sus ganchitos, me ha rescatado. Me ha devuelto los sueños. Me ha dato tanto. Y él no lo sabe. El metro llega a su destino. El viaje de viajes ha terminado. No le he dicho nada al chico que come ganchitos.
P.D: Te debía una carta, que no sé si algún día leerás. Pero aquí la tienes. Las palabras, son más palabras cuando se escriben. Ah, y no se lo cuentes a nadie, querido amigo, pero tengo los ojos vidriosos. Será polvo que se ha colado por entre mis pestañas.
El metro; ese escenario literario por excelencia.
ResponderEliminarUn saludo, Bruscas.
Gran Bruscas, si estás en Madrid y tienes un rato llámame y tomamos un cacharrito. Soy Adolfo. Abrazo!
ResponderEliminarEl chico de los ganchitos y el chico que escuchaba a la Frontera en el coche de su padre, los dos absortos en su rutina y en su trascendencia.
ResponderEliminarMe encanta este texto.
Y me gusta aún más que inaugure este lugar que ya hago habitual en mi lista.
Un beso enorme
if
Raúl, el metro es en efecto prinicpio y final de muchas historias. Gracias por la visita.
ResponderEliminarAdolfo, te aviso de mi próxima visita a Madrid y hablamos del Estatut y de las predicciones del tiempo.
If, me siento honrado por tu visita. Nos vemos en el Ranchito, en Eurosol o en la Avenida Capuchinos. Recuerda que queda ya menos para el 2049. Besets!
Congratulations for braking my heart!!!
ResponderEliminarque pretendes? Hacernos llorar? Pues cuidado porque puedes conseguirlo...si quieres.
Ups, perdón breaking! Y de paso, ánimo escribe más que las palabras desaparecen pero los escritos perduran...
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