miércoles, 2 de noviembre de 2011

Un manual de melancolía

Su vida era una colección de derrotas, sinsabores y decepciones. Así que no es de extrañar que dedicara las noches a anegar de lágrimas los campos. Sembraba tristeza, recolectaba dolor y dejaba en un eterno barbecho las tierras de la felicidad.

Pero Ella no tenía la culpa, no merecía despertarse cada mañana cubierta con un manto de pena. Sí, aquella noche, iba a ser la última. Él le lanzó un beso furtivo mientras dormía y con el relente de la luna como único testigo se despidió de Ella para siempre, y eso que como Él mismo solía decir "no hay nada para siempre".

Algunas noches Ella le busca por entre el reflejo de las estrellas. Él siempre decía que le gustaba refugiarse en la ciénaga, rodeado de nenúfares. Él nunca aparece, siquiera la noches de cuarto creciente. Ella llora, no ha dejado de llorar desde aquel amargo lunes de octubre. Y sus lágrimas llenan los campos de rebosante melancolía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario