Pero Ella no tenía la culpa, no merecía despertarse cada mañana cubierta con un manto de pena. Sí, aquella noche, iba a ser la última. Él le lanzó un beso furtivo mientras dormía y con el relente de la luna como único testigo se despidió de Ella para siempre, y eso que como Él mismo solía decir "no hay nada para siempre".
Algunas noches Ella le busca por entre el reflejo de las estrellas. Él siempre decía que le gustaba refugiarse en la ciénaga, rodeado de nenúfares. Él nunca aparece, siquiera la noches de cuarto creciente. Ella llora, no ha dejado de llorar desde aquel amargo lunes de octubre. Y sus lágrimas llenan los campos de rebosante melancolía.
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